EL FOCO DEL MAIZAL
EL FOCO DEL MAIZAL
Relato por Lino · Foto real del lugarEn una zona rural de Hidalgo, donde la neblina baja a las seis y no se va hasta las diez, hay un camino de terracería que todos evitan de noche. No por asaltos. Por el foco.
Me lo contó mi tío Lino. Él cuidaba una milpa que no era suya. El dueño se fue al norte y le dijo «tú cosecha, solo cuídamela». En medio de esa milpa hay un poste viejo de madera, de esos que ya no cargan luz, pero que tiene un foco amarrado con alambre quemado. Ese foco prende solo.
No siempre. Solo cuando alguien se queda demasiado tarde en el campo.
Dice Lino que la primera vez lo vio a lo lejos y pensó que era un vecino con lámpara. Se acercó gritando «¿quién anda ahí?» y el foco parpadeó. Cuando llegó al poste, no había nadie, pero el foco estaba tibio, como si llevara horas prendido, y alrededor la milpa estaba aplastada en círculo, como si algo grande se hubiera acostado ahí.
Esa noche no durmió. Escuchó pasos entre el maíz. No de persona, porque el maíz no se abre así cuando pasa un humano. Se abre desde arriba, como si algo más alto pasara rozando las espigas.
A la semana volvió con mi primo. Se quedaron hasta tarde pisqueando. A las 7:30 el sol ya no estaba y el foco se prendió solo, con una luz amarilla sucia. Mi primo se rió, «es un corto, tío». Se acercó y le dio un manotazo al poste. El foco no se apagó. Se hizo más intenso. Y en ese momento los dos vieron algo entre la milpa que no debía estar ahí.
No era una persona. Era una sombra que tenía la forma de una persona pero estirada, como si la hubieran jalado de los brazos y las piernas. Estaba entre los surcos, agachada, pero su cabeza llegaba a la altura de la espiga más alta. No tenía ojos, pero Lino jura que los sintió.
No corrieron. No pudieron. El aire se puso pesado, a humedad podrida, a elote echado a perder. El foco empezó a tronar, como cuando va a fundirse. Y la cosa esa se levantó.
Lino dice que no caminó. La milpa se abrió sola para dejarla pasar y se fue metiendo más adentro, hacia una casita de adobe abandonada que está al fondo del terreno. Una casa que nadie usa desde que una señora se murió ahí adentro hace como veinte años y nadie la sacó hasta los tres días.
El foco se apagó de golpe. Lino y mi primo corrieron sin voltear, dejaron costales, machetes, todo.
Al día siguiente regresaron con más gente en la mañana. El foco estaba fundido, negro, reventado por dentro. Y en la tierra, del poste hasta la casa de adobe, había pisadas. Pero no de humano. Eran alargadas, como si solo marcara la mitad del pie, y cada pisada estaba a casi dos metros de la otra.
La gente mayor de la zona dice que esa cosa es el que cuida la milpa cuando no hay dueño. Que si dejas la tierra abandonada, la tierra manda a algo a cuidarla. Y que el foco es su forma de decir «ya vete».
Lino ya no cuida esa milpa. Dice que a veces, desde su casa, ve a lo lejos en la madrugada ese foco prendido, aunque no tiene cables, no tiene luz, y ya está fundido.
LA CASA QUE RESPIRA
LA CASA QUE RESPIRA
Relato popular · Zona rural de MorelosEn una zona rural de Morelos, por donde solo pasan las combis viejas que van a la sierra, hay un tramo donde todos los choferes pitan aunque no venga nadie. No es por cortesía. Es por miedo.
Me lo contó una señora que vende pulque a pie de carretera. Dice que ahí, entre dos cerros pelones, había una casa de adobe grande que nadie terminó. El dueño la empezó a construir para su familia, pero se quedó sin dinero y se fue. La casa se quedó a medias: con varillas salidas, sin puertas, sin ventanas, solo hoyos negros.
La gente al principio la usaba para resguardarse de la lluvia. Hasta que una noche unos muchachos que venían de una fiesta se metieron a dormir ahí porque ya no alcanzaban combi. Eran tres.
Dicen que a eso de las tres de la mañana uno se despertó porque sintió que la casa estaba caliente. No como calor de día, sino calor de cuerpo, como si las paredes sudaran. Le dijo a sus amigos y se rieron, «estás crudo». Pero entonces escucharon.
La casa estaba respirando. No era el viento. El viento suena afuera. Esto sonaba adentro, pegado a las paredes. Un jadeo lento, profundo, como cuando alguien duerme boca arriba con la boca abierta. Inhala… exhala… Inhala… exhala… Y con cada exhalada, entraba un olor a tierra mojada, pero podrida, como de panteón recién llovido.
Uno de ellos se paró y alumbró con el celular. Las paredes de adobe estaban manchadas de humedad, pero las manchas se movían. No escurrían. Latían. Como si por dentro hubiera venas.
Salieron corriendo. Uno se cayó y cuando volteó hacia la casa, vio algo que no contó hasta meses después. En uno de los hoyos que iba a ser ventana, había algo asomado. No era una cara. Era una masa pálida, como de masa de maíz cruda, que se estiraba para verlos irse.
Desde entonces nadie se mete. La señora del pulque dice que ella pasa todos los días por ahí a las cinco de la mañana con su burro, y que a veces ve la casa diferente. Hay días que tiene una ventana más. Hay días que tiene una menos. Como si se estuviera construyendo sola por dentro.
Hace como un año, un albañil de la zona dijo que no creía en esas mamadas y que él iba a tumbar una pared para llevarse el tabique y usarlo en su casa. Fue con marro y con su hijo. Le pegó a la pared una vez. La pared sonó hueca. Le pegó otra vez y de adentro salió un grito. No humano. Como de animal grande cuando lo matan. Y la pared sangró. No mucho. Un hilito oscuro que olía a óxido.
El albañil tiró el marro y se fue. Su hijo dice que cuando iban corriendo, volteó y vio que por todos los hoyos de la casa salía vaho, como si la casa estuviera llorando por el golpe, o encabronada.
Ahora la gente que pasa en combi, cuando llega a ese tramo, ve que la casa ya no está vacía. Si te asomas rápido por la ventana de la combi, ves a alguien adentro, parado en medio, sin moverse. No sabes si es hombre o mujer porque no tiene forma. Solo está ahí, mirando la carretera.
Y dicen los viejos que esa casa no se construyó a medias. Que la tierra no quiso que la terminaran. Que hay lugares donde si escarbas para poner cimientos, despiertas lo que estaba dormido abajo, y lo que estaba dormido quiere casa también.
Por eso los choferes pitan. No para avisar que van. Pitan para pedir permiso.
EL TAXISTA DEL VALLE
EL TAXISTA DEL VALLE
Relato por Lino · Foto real del lugarTrabajaba de noche en una ciudad del norte. No era la gran ciudad, pero tenía lo suyo: avenidas largas, luces de neón que parpadeaban como ojos cansados, y una humedad que se metía hasta los huesos cuando el reloj marcaba las dos de la mañana.
Esa madrugada, el radio no sintonizaba más que estática. No era raro. A veces las tormentas eléctricas del valle trucaban las frecuencias. Pero esa noche no había tormenta. Solo un silencio espeso, como si el mundo entero hubiera apagado el motor.
—Llévame a la calle del canal —dijo el pasajero.
No lo vi subir. Iba en el asiento trasero. No me había dado cuenta de que abrió la puerta, ni sentí el peso al sentarse. Cuando lo miré por el retrovisor, llevaba una gorra negra calada hasta los ojos.
—¿El canal viejo? Eso está abandonado, jefe. No hay casas por ahí.
—Sí, ahí.
Su voz era áspera. No la de alguien que fuma, sino la de alguien que lleva años sin hablar.
El viaje fue silencioso. Los postes de luz se repetían uno tras otro, y en cada intervalo, la oscuridad era más densa. El pasajero no se movía. No tosía, no se acomodaba. Solo estaba ahí, como una bolsa de ropa.
Cuando llegamos a la entrada del canal, frené despacio.
—Ya estamos, jefe. Son doscientos pesos.
El pasajero se inclinó hacia adelante, y entonces lo vi. Su rostro no tenía facciones. Era una superficie tersa, como si alguien hubiera borrado sus ojos, su nariz y su boca con un paño húmedo.
Sentí un golpe en el pecho. No fue miedo lo primero, fue incredulidad. Quise preguntar algo, pero no había nada que preguntar. No había un interlocutor. Había un objeto que se movía.
Abrió la puerta. El sonido fue idéntico al de cualquier auto: el mismo golpe metálico, el mismo resorte. El aire frío del canal entró al coche. Llevaba olor a podrido.
—No te bajes —dijo su voz desde afuera.
Pero no había nadie afuera. La puerta estaba abierta, y en el asiento trasero ya no había nadie. Ni huellas, ni pisadas en el lodo.
Volví a revisar el retrovisor. El asiento estaba intacto. El radio seguía sonando a estática.
Nunca volví a tomar la ruta del canal. Cambié de turno a la mañana, aunque ganara menos. Pero a veces, en las noches de silencio, cuando la carretera está vacía y el neón no se enciende, siento que alguien se sienta atrás. No lo veo, pero sé que está ahí.
Porque no todos los pasajeros quieren llegar a casa. Algunos solo quieren que los lleves a donde dejaron de estar.
EL POZO DE LAS VOCES
EL POZO DE LAS VOCES
Zona rural de Hidalgo · 1978En una zona rural de Hidalgo hay un llano donde no crece nada. Ni maguey, ni nopal. En medio de ese llano hay un pozo de piedra. No tiene agua. Desde hace más de cincuenta años está seco, pero nadie se atreve a taparlo.
Mi abuelo me contó que cuando él era joven, ese pozo sí tenía agua. Era el único en kilómetros. Toda la gente de los ranchos de alrededor iba ahí con cubetas. El agua era turbia pero aguantaba. Hasta que un día empezó a oler mal.
No a podrido. A encierro. Como cuando abres un ropero que lleva años cerrado.
Mandaron a un muchacho a bajar a limpiarlo. Bajó con una cuerda y una cubeta. A la mitad del pozo gritó que algo lo estaba rozando. Le dijeron que eran raíces. Él dijo que no, que eran manos. Lo subieron rápido y salió arañado de los brazos, con marcas como de dedos chiquitos.
Al día siguiente bajó otro. Este no gritó. Cuando lo subieron, estaba blanco, temblando. Dijo que allá abajo no hay fondo. Que el pozo sigue y sigue, y que en las paredes hay nombres escritos con uñas. Cientos de nombres. Y que mientras más abajo estás, más escuchas voces que te hablan como si te conocieran desde niño.
Lo peor fue la tercera vez. Bajó una señora que decía que su hijo se había caído ahí hacía dos años y que nunca encontraron el cuerpo. Ella quería ver si estaba abajo. Le amarraron la cuerda y bajó con una lámpara de petróleo.
A los cinco metros la luz se apagó. No porque se acabara el petróleo. Porque algo la sopló.
Desde arriba le gritaban que si estaba bien y ella no contestaba. Solo se escuchaba que respiraba agitado. De repente gritó un nombre que nadie conocía y la cuerda se tensó como si cargara diez personas. La empezaron a jalar entre cuatro hombres y no podían. La cuerda quemaba las manos.
Cuando por fin la sacaron, no venía sola.
Traía a un niño agarrado de la cintura. Pero no era su hijo. Era un niño flaco, con la piel gris como piedra mojada, con los ojos completamente negros y sin dientes. La señora lo abrazaba como si sí fuera su hijo y decía «ya lo encontré, ya lo encontré».
El niño la volteó a ver y le sonrió. Y en ese momento a la señora se le reventó una vena del ojo y se desmayó. Cuando despertó, no se acordaba de nada. Y el niño ya no estaba. Se había regresado al pozo, dicen que caminó solo y se dejó caer sin hacer ruido.
Desde entonces le pusieron una cruz de madera encima al pozo para que nadie baje. Pero la cruz no es para bendecirlo. Es para avisar.
Porque en las noches, si pasas cerca, escuchas que desde abajo te hablan. No con una voz. Con muchas. Y todas te dicen tu nombre con la voz de tu mamá.
Y si contestas, el pozo ya sabe que estás arriba. Y esa noche no te deja ir.
EL VELADOR DEL RESTAURANTE
EL VELADOR DEL RESTAURANTE
Zona rural · Carretera a Hidalgo · Relato por LinoEn una zona rural de Hidalgo, a pie de una carretera que de día está llena de puestos de barbacoa y de noche no pasa ni una mosca, hay un restaurante abandonado. No tiene nombre ya, se le cayó el letrero. Solo quedan cuatro mesas de madera afuera, todas chuecas, y adentro una barra con botellas vacías que nadie se ha robado.
Mi primo Chuy consiguió chamba de velador ahí. No para cuidar el restaurante, porque ya no hay nada que robar. Era para que no se metieran drogadictos a dormir. El dueño vive en la ciudad y le pagaba 200 pesos la noche solo por quedarse sentado con una lámpara.
Chuy me dijo que el primer día todo normal. Llegó a las 8, barrió las hojas, se sentó en una silla de plástico y prendió su radio chiquito. A las 10 ya no había luz en ningún lado. Solo la de su foco amarillo que colgaba de un cable en medio del techo, de esos que zumban.
A eso de las 11:30 escuchó que alguien movía una silla. Pensó que era el aire. El lugar está abierto, no tiene puertas, solo cortinas de lona rotas. Se asomó y no había nadie. Se volvió a sentar. A los cinco minutos otra silla, pero ahora arrastrada, como si alguien gordo se hubiera sentado con pesadez.
Se paró con la lámpara del celular y vio que una de las mesas de adentro, la del rincón, tenía dos platos puestos. Platos blancos, viejos, con comida seca encima. Él juraba que cuando llegó no había nada. Ni platos, ni vasos.
Le marcó al dueño. El dueño le dijo «no mames, no hay platos ahí, no te duermas». Y le colgó.
Chuy se acercó a la mesa. La comida parecía mole con arroz, pero todo duro, como de días, con una nata blanca encima y con moscas muertas pegadas. Y el olor no era a comida echada a perder. Era a carne cruda dejada al sol. Le dio asco y se alejó.
A la 1:14 de la mañana, según su celular, empezaron a llegar.
No por la carretera. Salieron de la cocina.
La cocina del restaurante es un cuartito oscuro al fondo, con un fogón de leña y un hoyo en el techo para el humo. De ahí empezaron a salir personas. Pero no caminaban bien. Uno cojeaba como si tuviera los pies quemados. Otra mujer traía un mandil pero sin cabeza, o con la cabeza agachada tan abajo que no se le veía. Un niño sin brazos.
No lo estaban viendo a él. Se sentaron en las mesas. Cada uno en una mesa diferente. Se quedaron quietos, mirando el plato vacío que no existía. Como esperando que les sirvieran.
Chuy no se podía mover. Dice que sintió que si se movía, lo iban a ver. Así que se quedó tieso en su silla de plástico, conteniendo la respiración, con la luz amarilla zumbando arriba.
Entonces sonó la campana de la cocina. Esa campanita que usan para avisar que ya salió la orden. Tilín.
Y de la cocina salió el velador.
No era Chuy. Era otro. Un señor flaco, con gorra de los que usan los veladores viejos, con un suéter gris roto y con las manos negras de grasa. Traía una charola con platos. Y Chuy lo reconoció por fotos que le había enseñado el dueño. Era don Cirilo, el velador anterior. El que se había muerto ahí mismo hace dos años de un infarto porque nadie lo auxilió.
Don Cirilo empezó a servir. Caminaba mesa por mesa, sirviendo con un cucharón eso que parecía mole podrido. Les servía y les decía «provechito, provechito», con una voz ronca, cansada. Y los comensales empezaban a comer con las manos, agachando la cabeza sobre el plato, como animales.
Cuando terminó de servir a todos, se quedó parado en medio del restaurante, volteando lentamente. Como buscando una mesa que faltaba.
Y miró a Chuy.
Chuy dice que nunca ha sentido tanto frío. Don Cirilo lo miró fijo y le dijo «tú, ¿qué vas a ordenar? Aquí nadie se va sin cenar». Y le sonrió, pero no tenía dientes, solo encía negra.
Chuy se levantó y corrió. Corrió por la carretera oscura sin voltear, con el radio tirado y la silla tirada. Corrió casi dos kilómetros hasta que una camioneta de pollos lo levantó.
Al día siguiente fue con el dueño a recoger sus cosas de día. El restaurante estaba como siempre, vacío, sin platos. Pero en la mesa del rincón había algo que solo Chuy vio. En el polvo de la mesa había marcas de manos chiquitas, y en la silla de plástico donde él se sentó había una mancha de grasa negra con forma de mano sobre su hombro, como si alguien lo hubiera estado tocando toda la noche por detrás.
El dueño ya no contrató a nadie. Ahora en las noches, si pasas por esa carretera rural de Hidalgo y volteas al restaurante abandonado, ves el foco amarillo prendido, zumbando. Y adentro, a don Cirilo sirviendo solo, a mesas vacías, esperando que alguien más se siente.
Porque dicen que los veladores no cuidan lugares. Cuidan a los que se quedaron a comer y nunca terminaron.